Cada día, su llegada con el almuerzo de su marido anunciaba una pausa en las labores del Lavadero de Carbón. A partir del recuerdo del exminero Héctor Vergara Sepúlveda, se recupera una historia costumbrista sobre el origen de una expresión que se hizo parte de la vida minera y de la memoria de Boca Lebu.
LA CHEPA
HISTORIA COSTUBRISTA DE BOCA - LEBU Adaptación: Víctor Hugo Garcés Soto
Un recuerdo del Lavadero de Carbón de Boca Lebu
En aquellos años, cuando el carbón todavía marcaba el ritmo de la vida en Lebu, en Boca Lebu se levantaba la enorme estructura del Lavadero de Carbón. Allí, desde muy temprano, los trabajadores comenzaban su jornada entre el ruido de las máquinas, el movimiento del carbón y el constante ir y venir de hombres cubiertos de polvo negro.
No eran tiempos de teléfonos celulares ni de relojes digitales. Muchos trabajadores no tenían reloj de pulsera y, para saber la hora, debían confiar en las campanas, en los horarios establecidos o simplemente en las señales que les daba la vida cotidiana.
Pero en el Lavadero había una señal muy particular.
A las doce en punto, todos sabían que llegaba “La Chepa”. No era una sirena ni una campana.
Era una mujer.
Todos los días, aproximadamente a la misma hora, aquella mujer llegaba hasta el lugar donde trabajaba su marido. Traía en sus manos el almuerzo que había preparado en casa.
Caminaba hacia el Lavadero en Boca Lebu, con su comida cuidadosamente envuelta, mientras desde lejos los trabajadores comenzaban a reconocerla.
—¡Ahí viene “La Chepa”! —decía alguno. Y los demás entendían inmediatamente.
—Entonces son las doce.
La llegada de aquella mujer se convirtió, sin que nadie lo planeara, en una especie de reloj humano.
Cuando aparecía “La Chepa”, los hombres comenzaban a detener sus labores. Algunos dejaban las herramientas apoyadas junto a las máquinas; otros se limpiaban las manos y el rostro; algunos simplemente miraban hacia donde venía la mujer y sonreían.
—¡Vamos, muchachos! —decía uno—. ¡Llegó “La Chepa”!
Y comenzaba el movimiento hacia el lugar donde acostumbraban reunirse para almorzar.
La expresión fue pasando de boca en boca.
Al principio era solamente una broma entre los trabajadores del Lavadero.
—¿Qué hora es?
—No sé.
—¡Mira hacia la entrada!
—¿Qué pasa?
—Si viene “La Chepa”, son las doce. La frase provocaba risas.
Con el tiempo, aquella manera de señalar la hora quedó incorporada al lenguaje cotidiano de los trabajadores.
Ya viene “La Chepa.”
Eso quería decir que se acercaba el mediodía. Llegó “La Chepa.”
Entonces era definitivamente la hora de almorzar.
La expresión no quedó solamente en Boca Lebu. Como ocurría con muchas palabras y costumbres de la vida minera, comenzó a viajar de un lugar a otro.
Los trabajadores del Lavadero tenían contacto con otros mineros y trabajadores relacionados con la actividad carbonífera. Así, poco a poco, “La Chepa” comenzó a convertirse en una manera popular de referirse al almuerzo.
La palabra pasó del Lavadero de carbón a la mina.
Y en las faenas del carbón, cuando llegaba el momento de detener el trabajo, alguien podía preguntar:
—¿Ya es hora de almuerzo?
Y otro trabajador podía responder tranquilamente:
—Sí, pues. ¡Ya llegó La Chepa! Nadie necesitaba mirar un reloj.
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