Pienso que la vida, en el fondo, no siempre es buena, porque de pronto nos da más penas que alegrías. Y esas alegrías que nos regala duran tan poco, comparadas con las penas, que a veces uno llega a preguntarse si realmente vale la pena vivir.
Conocí a Claudino Fredes Torres en el año 1964, al ingresar a primer año básico en la Escuela Superior de Hombres N.º 1 de Cañete. Aunque no fuimos muy amigos, siempre nos respetamos mucho.
Ya en la adolescencia, cuando llegábamos hasta el sector del «Chucao», en el río Tucapel, para bañarnos, nos invadía a todos los jóvenes un enorme sentimiento de envidia al ver el físico que lucía Fredes.
Él hacía gimnasia y, por lo tanto, había desarrollado unos bíceps que eran nuestra admiración… y también nuestra envidia, para decirlo claramente.
Pasaron algunos años y Claudino conoció a mi hermana. Comenzaron un pololeo que duró alrededor de tres años, hasta que finalmente se casaron en 1980.
Claudino, ahora mi cuñado, se convirtió en un amante esposo y en un excelente dueño de casa, pues nunca dio motivo alguno para pensar que mi hermana se había equivocado al elegirlo como compañero de vida.
Pero, como dije al comienzo, la vida también tiene muchos sinsabores. Mi hermana falleció en el año 2001 y mi cuñado quedó solo.
Cada vez que tenía la oportunidad de conversar con él, le decía que se casara nuevamente, que nadie lo iba a criticar por hacerlo. Sin embargo, su respuesta siempre fue la misma:
—No, estoy bien así.
De ese matrimonio nacieron dos hijos: Claudio y Susana. Lamentablemente, Susana falleció el año pasado, sumando una nueva tristeza a la historia de la familia.
Hoy, 29 de octubre de 2026, al recordar la partida de Claudino Fredes Torres, vuelven a mi memoria tantos recuerdos que se remontan a nuestra infancia y juventud en Cañete.
Jamás imaginé que aquel compañero de escuela, a quien conocí en 1964, terminaría convirtiéndose en mi cuñado y en el hombre que compartiría tantos años de vida con mi hermana.
La vida quiso que ella partiera primero, en 2001, y ahora ha sido Claudino quien ha emprendido el viaje sin retorno.
Me queda el recuerdo de un hombre que supo ser un buen esposo y padre, alguien que, a su manera, construyó una vida junto a mi hermana y formó una familia.
Hoy, Claudio, su hijo; debe enfrentar la dolorosa partida de su padre, mientras que el recuerdo de Susana permanece también unido a la historia familiar que compartieron.
Querido Claudino, nuestros caminos comenzaron a cruzarse cuando apenas éramos unos niños. Han pasado muchos años desde aquellos días de escuela y de baños en el río Tucapel, cuando la vida parecía interminable y el futuro estaba lleno de posibilidades.
Hoy me toca despedirte con tristeza, pero también con gratitud por haberte conocido y por haber formado parte de nuestra historia familiar.
Descansa en paz, Claudino Fredes Torres. Que tu recuerdo permanezca vivo en quienes te conocieron, te quisieron y compartieron contigo este largo camino llamado vida.
Hasta siempre, Claudino.
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